Mundial

Más Allá de los Favoritos: ¿Quién *Merece* Coronarse Campeón del Mundo?

Redacción Que Onda Salta 10 Jul, 2026 - 23:07 hs.
El eco de la euforia aún resuena en las calles. La imagen de Ángel Di María desbordado en lágrimas tras su gol en la final del Mundial 2022, o la de Gonzalo Montiel hundiéndose en su camiseta de la Albiceleste después de sellar la tanda de penales, son testimonios imborrables de lo que significa tocar la gloria. La misma Argentina, casi desbordada por cuatro millones de almas en las calles de Buenos Aires, tuvo que ver a sus héroes sobrevolar la multitud en helicóptero. Este éxtasis universal, esta manifestación de pasión desenfrenada, es el verdadero espíritu de la Copa del Mundo.

Pero, ¿qué esconde este magno evento más allá de la competición deportiva? Lejos de ser un simple torneo de fútbol, el Mundial se erige como una auténtica rama de las relaciones internacionales. Sirve como una poderosa expresión de poder para las naciones anfitrionas —este año Estados Unidos, Canadá y México— y una formidable herramienta de diplomacia blanda. Los sorteos pueden generar rivalidades que, en lugar de conflictos, ofrecen una alternativa benigna y apasionante, como aquel choque entre Irán y Estados Unidos en 2022. Además, une a naciones con escasas conexiones, permitiendo a los aficionados de todo el planeta reconocer lo que tienen en común: la pasión inquebrantable por ver a veintidós hombres persiguiendo un balón.

Para el aficionado común, los titulares sobre precios desorbitados de entradas, acusaciones de corrupción o la manipulación del deporte por parte de autócratas, no son la esencia de la historia. El Mundial, a pesar de su fachada de espectáculo para los poderosos, esconde en su corazón una conspiración tácita contra ellos. Durante un mes, cada cuatro años, los devotos del fútbol se sintonizan a escondidas en el trabajo, escapan temprano para disfrutar de más partidos y permiten a sus hijos quedarse despiertos hasta altas horas de la noche. Es un placer innegociable, un espacio de libertad que ningún jefe ni gobernante autoritario puede prohibir.

Sobre todo, la Copa del Mundo es una máquina de recuerdos inigualable. Evoca y forja momentos que quedan grabados a fuego en la memoria colectiva e individual. Al igual que los aficionados recuerdan dónde y con quién vivieron las hazañas más grandes o las derrotas más dolorosas de su selección —desde padres ya ausentes hasta amigos lejanos e hijos que crecieron—, cada uno de nosotros carga con su propio séquito de fantasmas mundialistas. Es, ante todo, una fiesta cuatrienal de esperanza, un lienzo donde los aficionados sueñan con milagros en el tiempo de descuento, salvaciones inesperadas y una distracción bendita de las preocupaciones cotidianas. Es la creencia inquebrantable de que décadas de fracasos pueden ser recompensadas, y que la historia no está predestinada, ofreciendo la oportunidad de que los humildes hereden la Tierra.

Entonces, con estos profundos propósitos en mente —comunión global, drama imborrable, arcos de redención y la subversiva sensación de que todo es posible—, la pregunta pertinente no es quién ganará, sino ¿quién *debería* ganar esta Copa del Mundo? Descartando a la mitad de los 48 equipos sin posibilidades reales, y por justicia poética y emoción, eliminando a las ocho naciones que ya han levantado el trofeo, los candidatos más nobles se agrupan en dos categorías distintivas: los países pequeños y valientes con el talento para superar su demografía, y las naciones más grandes y futbolísticamente apasionadas que históricamente se han quedado a las puertas de la gloria.

Entre los valientes, destacan Croacia, una nación de menos de 4 millones que ha alcanzado tres semifinales en 35 años de independencia, donde el fútbol es uno de los pocos ámbitos en que pueden decir: “Estamos entre los mejores del mundo”. También los Países Bajos, que, aunque prósperos, buscan romper una maldición de tres finales perdidas. Pero el corazón periodístico se inclina hacia Portugal, un país obsesionado por el fútbol que, tras sufrir dictaduras y crisis económicas, vería en una victoria el éxtasis y la alegría desatados, incluso si ello hiciera más insoportable a un Cristiano Ronaldo decrépito pero aún megaestrella.

En la segunda categoría, la de los grandes y apasionados que siempre se han quedado a las puertas, encontramos a Japón, cuyos aficionados aún lamentan la decepción de Rostov en 2018 y la agonía de Doha en 1993. Su evolución como equipo refleja su integración en el mundo, y una victoria sería un “algo enorme”. Senegal y Marruecos, por su parte, representan la esperanza de África. Si bien Senegal aún se recupera de una crisis de deuda, su selección nacional es un bálsamo que hace olvidar los problemas. Marruecos, semifinalista hace cuatro años, demostró que un país africano “puede brillar en el escenario mundial”. Cuando su equipo juega, “la vida en Marruecos se paraliza”. Pero la gloria africana podría ser aún más dulce en 2030, con Marruecos como anfitrión.

Finalmente, la mayor felicidad para la mayor cantidad de personas en una primera victoria la traería Latinoamérica. Colombia, en medio de una tensa elección presidencial, ve en el fútbol su “principal factor unificador”. Pero el verdadero clamor se concentra en México, un país de 133 millones de habitantes. Como bromea el columnista León Krauze, “todos creemos en la Virgen de Guadalupe, pero nuestra única religión verdadera es el fútbol”. Para millones de mexicanos en Estados Unidos, el equipo nacional es el último vínculo con su patria. Una victoria “haría maravillas por un país que ha enfrentado muchas dificultades”. Imaginemos a Donald Trump entregando el trofeo al capitán mexicano. En realidad, los favoritos son Francia y España, pero la justicia poética y el máximo dramatismo nos invitan a soñar con una final el 19 de julio: México contra Portugal. Y que gane México. Podría suceder. Hasta que suene el pitido final, todos podemos, y debemos, tener esperanza.

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