Salta
La Cadena de Frío: El Viaje Invisible que Impulsa la Fruta Argentina al Mundo
Desde Salta, observamos con especial interés los complejos engranajes que mueven nuestra economía, y la exportación de productos agrícolas se erige como un pilar fundamental. En este escenario, la voz de expertos como Santiago, quien ha dedicado más de dos décadas a la intrincada logística de frutas frescas, resulta clave para comprender los desafíos y éxitos del sector. Con una trayectoria que lo llevó de los sistemas a las operaciones, gestionando cosechas en Corrientes, Tucumán y Entre Ríos para arándanos, y ahora en cerezas, Santiago desentraña el arte de llevar un producto vivo desde el campo argentino hasta las mesas más exigentes del planeta. Su perspectiva nos recuerda que el éxito no reside solo en el cultivo, sino en una orquestación perfecta desde el momento mismo de la cosecha.
El frío, en este complejo rompecabezas, no es un mero conservante, sino el alma de la operación. Como bien explica el especialista, trabajamos con un producto vivo: la fruta, una vez cosechada, sigue respirando. Reducir su temperatura de pulpa cuanto antes es crucial para desacelerar este proceso metabólico, extendiendo significativamente su vida poscosecha. Esta premisa se convierte en un mandato inquebrantable para toda la cadena de frío, que debe ser completa y rigurosamente controlada desde el origen hasta el destino final. Cada tramo del viaje –del campo al empaque, de allí a los centros de distribución, a los pasos de frontera o a la carga de los contenedores– exige una constancia térmica que las herramientas de seguimiento modernas, sumadas a la eficiencia de camiones y contenedores herméticos, procuran garantizar.
Sin embargo, la excelencia no se logra solo con frío. Santiago es enfático al subrayar que “el empaque no es un hospital: no sana ni cura lo que el campo entrega en mala condición”. Esto significa que una fruta cosechada fuera de su punto óptimo o con defectos progresivos, como un hongo, no se reparará en el camino, por más perfecta que sea la cadena de frío. La calidad intrínseca del producto, la selección meticulosa en el empaque y la atención a los requisitos fitosanitarios de los mercados compradores son tan vitales como la temperatura. A esto se suman los caprichos del clima; fenómenos como El Niño, con sus promesas de lluvias torrenciales, pueden alterar por completo una temporada, favoreciendo el desarrollo de hongos o provocando pérdidas por granizo, desafíos que, en nuestra Salta, también conocemos de cerca.
Los destinos de la fruta argentina son tan diversos como exigentes. Nuestro país exporta casi la mitad de sus cerezas a Asia –mercados como China, Singapur, Qatar o Emiratos Árabes–, un tercio a Estados Unidos y Canadá, y el resto a Europa y el Reino Unido. La preferencia por la fruta argentina se cimienta en la calidad excepcional que permite nuestro clima y en el profesionalismo de nuestros productores. Cada mercado impone sus reglas: Estados Unidos, por ejemplo, es riguroso en la ausencia de plagas, una ventaja que nuestras zonas libres de patógenos aprovechan para evitar tratamientos cuarentenarios que podrían mermar la calidad. Otros, como los asiáticos, priorizan el control de las aplicaciones en campo, demostrando la complejidad de un comercio global donde la reputación se construye con cada envío.
La logística, en definitiva, es una sinfonía de decisiones y acciones coordinadas. Desde el momento de la cosecha hasta la apertura de los contenedores en cámaras de frío en destino, cada eslabón debe funcionar con precisión de relojero. Santiago lo compara con una banda de música: "mucha gente tocando distintos instrumentos en un mismo escenario para llegar con un buen sonido. Cuando alguno desafina, se nota enseguida". Esta metáfora encapsula la complejidad de un sector donde la colaboración, la inversión tecnológica y la adaptación a las variables climáticas y de mercado son la clave para que la fruta argentina, desde cualquier provincia productora, incluida nuestra Salta, mantenga su estatus de calidad y llegue impecable a los paladares del mundo.
El frío, en este complejo rompecabezas, no es un mero conservante, sino el alma de la operación. Como bien explica el especialista, trabajamos con un producto vivo: la fruta, una vez cosechada, sigue respirando. Reducir su temperatura de pulpa cuanto antes es crucial para desacelerar este proceso metabólico, extendiendo significativamente su vida poscosecha. Esta premisa se convierte en un mandato inquebrantable para toda la cadena de frío, que debe ser completa y rigurosamente controlada desde el origen hasta el destino final. Cada tramo del viaje –del campo al empaque, de allí a los centros de distribución, a los pasos de frontera o a la carga de los contenedores– exige una constancia térmica que las herramientas de seguimiento modernas, sumadas a la eficiencia de camiones y contenedores herméticos, procuran garantizar.
Sin embargo, la excelencia no se logra solo con frío. Santiago es enfático al subrayar que “el empaque no es un hospital: no sana ni cura lo que el campo entrega en mala condición”. Esto significa que una fruta cosechada fuera de su punto óptimo o con defectos progresivos, como un hongo, no se reparará en el camino, por más perfecta que sea la cadena de frío. La calidad intrínseca del producto, la selección meticulosa en el empaque y la atención a los requisitos fitosanitarios de los mercados compradores son tan vitales como la temperatura. A esto se suman los caprichos del clima; fenómenos como El Niño, con sus promesas de lluvias torrenciales, pueden alterar por completo una temporada, favoreciendo el desarrollo de hongos o provocando pérdidas por granizo, desafíos que, en nuestra Salta, también conocemos de cerca.
Los destinos de la fruta argentina son tan diversos como exigentes. Nuestro país exporta casi la mitad de sus cerezas a Asia –mercados como China, Singapur, Qatar o Emiratos Árabes–, un tercio a Estados Unidos y Canadá, y el resto a Europa y el Reino Unido. La preferencia por la fruta argentina se cimienta en la calidad excepcional que permite nuestro clima y en el profesionalismo de nuestros productores. Cada mercado impone sus reglas: Estados Unidos, por ejemplo, es riguroso en la ausencia de plagas, una ventaja que nuestras zonas libres de patógenos aprovechan para evitar tratamientos cuarentenarios que podrían mermar la calidad. Otros, como los asiáticos, priorizan el control de las aplicaciones en campo, demostrando la complejidad de un comercio global donde la reputación se construye con cada envío.
La logística, en definitiva, es una sinfonía de decisiones y acciones coordinadas. Desde el momento de la cosecha hasta la apertura de los contenedores en cámaras de frío en destino, cada eslabón debe funcionar con precisión de relojero. Santiago lo compara con una banda de música: "mucha gente tocando distintos instrumentos en un mismo escenario para llegar con un buen sonido. Cuando alguno desafina, se nota enseguida". Esta metáfora encapsula la complejidad de un sector donde la colaboración, la inversión tecnológica y la adaptación a las variables climáticas y de mercado son la clave para que la fruta argentina, desde cualquier provincia productora, incluida nuestra Salta, mantenga su estatus de calidad y llegue impecable a los paladares del mundo.
Deja tu comentario