Cultura

Desclasificadas: Las Críticas Feroces de Borges y Bioy al Premio Nobel de Literatura

Redacción Que Onda Salta 07 Nov, 2026 - 19:21 hs.
En las páginas recién reeditadas de “El Borges de Bioy” se destila una verdad incómoda y, a la vez, fascinante: la mordaz visión que Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares tenían sobre el Premio Nobel de Literatura. Una escena, en particular, inmortaliza este desdén. Es un jueves de octubre de 1956, en la casa de Bioy Casares, cuando la noticia de que Juan Ramón Jiménez había sido galardonado con el Nobel provoca una reacción explosiva en Borges: “Qué vergüenza”, remata Bioy, a lo que el maestro de la literatura argentina añade con su inconfundible ironía: “Para Estocolmo. Primero a Gabriela, ahora a Juan Ramón. Son mejores para inventar la dinamita que para dar premios”. Un comentario lapidario que abre la puerta a un universo de conversaciones íntimas, llenas de ingenio y desprecio hacia la prestigiosa distinción.

La controversia no se agota en ese primer estallido, sino que se extiende y profundiza en aquella tarde y en muchas otras. Bioy Casares, aunque matiza que Juan Ramón Jiménez era “mucho mejor que Gabriela Mistral”, no duda en sumarse al coro de la crítica, asegurando que “Gabriela Mistral no ha escrito ningún poema bastante bueno”. Estas conversaciones revelan no solo una visión particular sobre la calidad literaria, sino también un profundo escepticismo sobre los criterios de selección del premio. Incluso, llegaron a idear un artículo en conjunto sobre Jiménez, donde su nombre mutaría irónicamente de “Juan Jabón” a “Juan Jamón” o “Juan Ratón”, para finalmente, en un acto de desagravio burlón, ser llamado “Juan Jarrón”. Una muestra clara de su aguda inteligencia y de la capacidad de transformar el enojo en arte.

Paradójicamente, Jorge Luis Borges nunca recibió el Premio Nobel, un hecho que se convirtió en uno de los grandes misterios y debates de la literatura universal. María Kodama, compañera de Borges, rememoró anécdotas que pintan a un autor más allá de la ambición de premios. Según sus palabras, Borges prefería ser “un ícono al que no le dieron el Premio Nobel” antes que “un número más en una lista”. Incluso, relató un episodio donde Borges, a punto de partir a Chile para recibir un Doctorado Honoris Causa en tiempos de Pinochet, rechazó una llamada de Suecia –presuntamente relacionada con el Nobel–, afirmando que “hay dos cosas que un hombre no puede permitir: sobornar o dejarse sobornar”, priorizando su compromiso adquirido sobre cualquier posible reconocimiento. Una postura que, sin duda, realza su figura de intelectual insobornable.

El desdén y la ironía hacia el Nobel eran una constante en las charlas entre Borges y Bioy. En una ocasión, Borges sentenció que “se siente más simpatía por los no premiados que por los premiados”, mientras que Bioy observaba la paradoja de quienes compraban antologías de Premios Nobel. Para Borges, la razón de ser de estos galardones era meramente de “equilibrio internacional”, un argumento que ponía en tela de juicio la pureza de sus motivaciones. La amistad entre ambos se cimentaba, entre otras cosas, en esta complicidad intelectual y en una visión crítica compartida del mundo literario. Las páginas del diario también recogen el intento de Francisco Ayala de postular a Borges, o la propuesta de escritores mexicanos de crear un premio superior al Nobel, solo para escritores latinoamericanos, una idea que Borges desestimó con otra ingeniosa contrapropuesta: que el premio fuera mundial y, para “enseñarles a los suecos”, premiaran a autores suecos durante los primeros años. Una respuesta que revela su genialidad y su mordaz sentido del humor.

En esencia, “el Borges de Bioy” es un retrato íntimo de una amistad profunda, tejida con hilos de ironía, chisme, malicia y una buena dosis de autoparodia. Dos escritores, dos amigos que, más allá de la fama y los reconocimientos, encontraban en la conversación y el humor una forma de desafiar el mundo. “Bueno, quizá todo autor, leído con cuidado, revela su imbecilidad”, reflexionó Borges en una tarde cualquiera. A lo que, tras una pausa cargada de significado, aceptó: “Nosotros también”. Una confesión que subraya la humildad intelectual y el genuino compañerismo que caracterizaba a estos dos gigantes de la literatura, capaces de reírse de todo, incluso de sí mismos y de la efímera gloria de los premios.

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